Con tres pares de gafas y con amor

Para Rafael Rosal

En tren_prueba

Hay relatos que son leyendas de días que fueron y hay relatos que son una manera de compartir la convicción de una necesidad de justicia inminente.

Hace tan sólo unos días, en una pequeña salita de la Casa de la Cultura de Cusco, Rafa sacó de su mochila su último documental, que todavía no había visto la luz.

La vida siempre es dura en un territorio en disputa y las montañas hondureñas fronterizas a El Salvador no son una excepción. El propio señor José impuso un título rotundo: Tierra de Nadie.

Mientras contemplábamos la cotidianidad de sus vidas en la pantalla, yo me acordaba de John Berger:

[… ] todos aquellos a quienes se plantea desterrar, son inseparables de su pulso de vida. Sin ellos, este polvo no tendría alma.

Porque lo que estábamos viendo no era un relato de tristeza. Retratado con sencillez, como se retratan las pequeñas cosas, tras la crudeza de sus vidas destilaba un discurso de resiliencia, de lucha por un futuro mejor.

Y todos salimos de aquella salita convencidos de que aquel relato podría provocar un cambio, marcar la diferencia.

[…]

Unos días después, sentados en Lima junto al mar, charlábamos sobre la necesidad de contar historias y yo le explicaba a Rafa que a esa forma de mirar en la que uno explora qué hay detrás de las cosas, nosotros le llamamos enfoque de ciclo de vida.

El enfoque de ciclo de vida es, fundamentalmente, una forma de dirigir la mirada y entender que los procesos que hay detrás de todo lo que nos rodea, forman parte de un gran entramado de actos.

En un mundo tan complejo y deteriorado, es inevitable sentirse aturdido. No todo depende de nosotros, no somos dueños absolutos de nuestro destino. Pero no podemos dejar de abrir los ojos, compartir experiencias, rasgar el tejido de lo ordinario y generar el espacio para que lo excepcional pueda suceder.

El problema, decía Pasolini, es tener ojos y no saber ver. A la belleza se la ve porque está viva. Pero a veces cerramos los ojos. Los ojos que no ven, que ya no son curiosos, dejan de esperar lo inesperado.

Yo volvía a acordarme de John Berger, de aquel homenaje que escribió a su tío Edgar,           después de su muerte:

También lo quería por su imperturbabilidad. Edgar creía, en general y por principio, que lo mejor estaba aún por llegar. Una fe difícil de mantener en el siglo XX, a no ser que uno cerrara los ojos. Pero él llevaba siempre tres pares de gafas, cada par con una graduación distinta.

La forma en la que contamos historias, cada uno con su lenguaje, nos compromete a abrir pasadizos para entrar en el inconsciente y provocar el deseo de destinos colectivos. Plantear propuestas que nos permitan recorrer el camino desde la incomprensión hacia otros futuros posibles.

Con tres pares de gafas, para aprender a mirar.

Y con amor hacia las pequeñas cosas, que siempre nos dotarán de sentido.

Fracasaremos una y mil veces, pero lo seguiremos intentando.

Porque el amor, como decía Cortázar, no tiene que ver con lo que esperas conseguir, sólo con lo que esperas dar; es decir, todo.

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