Explorando las fronteras entre la termodinámica y la magia: el enfoque de ciclo de vida

ZEF

Esta mesa mantiene fresca tu habitación sin gastar nada de energía.

Seguimos leyendo:

“Gracias a los materiales del interior del mueble, aquellos países donde un aparato de aire acondicionado es un lujo podrán refrigerar sus hogares sin necesidad de energía”

Dos matizaciones:

-Esta mesa probablemente resulte una apuesta interesante de eficiencia energética si efectivamente reduce los consumos energéticos -durante su fase de uso– en un 30%. Pero tendremos que ir un poco más allá de la magia de su comportamiento, ver cómo ha sido producida y cuáles son los impactos y consumos energéticos de su producción.

-En aquellos países “donde el aire acondicionado es un lujo”, ¿a qué coste se podrán adquirir esos “materiales del interior”, las denominadas sustancias de cambio de fase?

En el artículo al que nos referimos se presenta ZEF (mueble de energía cero, por sus siglas en inglés), un novedoso y sugerente diseño de los franceses Raphaël Ménard y Jean-Sébastien Lagrange, que nos puede servir como ejemplo para reflexionar sobre innovación y sostenibilidad – o lo que en algunos foros se ha dado en llamar “ecoinnovación”.

Si innovar es resolver problemas de un modo diferente, “ecoinnovar” implicaría además ofrecer soluciones que generen un menor impacto. Si restringimos el alcance a la dimensión ambiental, reduciendo el impacto ambiental. Si queremos hablar de sostenibilidad en sentido amplio, en el análisis tendrán que entrar en juego las dimensiones económica y social.

¿Por qué es tan importante el enfoque ciclo de vida?

El enfoque de ciclo de vida es, fundamentalmente, una forma de pensar, de dirigir la mirada. Nos ayuda a entender cómo los procesos asociados a todo lo que nos rodea, incluidas nuestras acciones, forman parte de un gran sistema de actos. Adoptar un enfoque de ciclo de vida significa identificar y analizar las ventajas y desventajas de todas las etapas del proceso y a partir de ahí, pensar en cómo contribuimos a la economía, el medio ambiente y la sociedad.

Si para regular la temperatura de nuestra casa podemos utilizar un mueble y evitar gastar electricidad, tendremos que preguntarnos cómo ha sido producido y qué pasará con él al final de su vida útil, para valorar si efectivamente representa una mejora desde el punto de vista global.

Sigamos con el ejemplo:

Buceamos en la página de ZEF, en la que encontramos algunas explicaciones didácticas sobre cómo funcionan las sustancias de cambio de fase (PCM, por sus siglas en inglés). Buceando un poco más allá, llegamos a este artículo del 20 de abril en el que Ménard responde a una consulta vía e-mail: “the folds are filled with BASF’s microencapsulated Micronal PCM, with a melting point of 22º Celsius”.

Las sustancias de cambio de fase, con las que hemos trabajado alguna vez en el pasado en aplicaciones relacionadas con eficiencia energética en construcción, son materiales con un comportamiento muy interesante, pero de naturaleza muy diversa. Algunos estudios previos han sido desalentadores, demostrando, por ejemplo, que a pesar de la mejora energética, su empleo en una vivienda típica mediterránea no reduce significativamente el impacto global, incluso considerando una vida útil de 100 años. Actualmente se está experimentando con materiales orgánicos que parecen ofrecer resultados mucho más prometedores.

Ya que en la composición del “material interior” parece estar la clave, buscamos más información al respecto. Ésta es la ficha técnica que BASF nos proporciona en su página web. Volvemos a encontrarnos con una explicación genérica de prestaciones y aplicaciones, pero seguimos sin saber exactamente de qué se trata, como para poder hacer una evaluación con mayor profundidad.

¿A dónde queremos llegar?

No estamos diciendo que la mesa ZEF -ni ninguna otra de las propuestas ecoinnovadoras que proliferan en el mercado- no sea una solución potencialmente interesante. Lo que sí queremos hacer patente es que es necesaria una mayor transparencia y un mayor rigor en la comunicación, que nos permitan recorrer el camino entre la termodinámica y la magia. Y que las historias de éxito nos hablen de todo su ciclo de vida, para que podamos comprender si efectivamente avanzamos en la buena dirección.

Como decía nuestro buen amigo Jorge Riechmann, rescatando las restricciones que impone la termodinámica: “Los muertos no resucitan y el reciclado perfecto es imposible”. Pero aunque no alcancemos la perfección, tenemos muchos márgenes de mejora.

La apuesta debe ser sin duda por una economía circular, diseñando metabolismos que nos permitan reconstruir los sistemas de producción y ecologizar la economía. Como nos recordaba el biólogo Frederic Vester “la naturaleza es la única empresa que nunca ha quebrado en unos 4.000 millones de años”. Sobran los argumentos para tomarla como modelo a imitar.

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